Verdades, medias verdades y
falsedades del TLC
Doce puntos para el debate
Alberto Acosta
21 de marzo del 2006
“A veces me pregunto si el mundo está siendo gobernado por personas
inteligentes que nos están embromando o por imbéciles que hablan en serio”.
Mark Twain
La discusión sobre el TLC está en un punto crítico. De
la postura entreguista y simplona adoptada por el gobierno Lucio Gutiérrez, que
se sintetizaba en que “la única alternativa al TLC es el TLC”, se ha
desembocado en una posición de creciente autoritarismo. Mientras se protege y
alienta las manifestaciones a favor del TLC, impulsada por los empresarios y
SUS trabajadores, la represión se ensaña en contra de quienes se movilizan en
contra del TLC.
En este ambiente, a pesar de que las negociaciones
están próximas a cumplir dos años de su inicio, todavía faltan informaciones
sobre lo que se está negociando. Esto, sin embargo, no es un motivo para
aceptar aquella argumentación de que si no está terminada la negociación, no
hay aún elementos para adoptar una posición. A pesar de la cláusula de
confidencialidad impuesta por los EEUU al inicio de las negociaciones y de que
no ha sido entregada la documentación sobre los avances logrados en estos
largos meses de negociación, hay suficientes datos como para anticipar de qué
se trata el TLC. Incluso para puntualizar sus principales elementos críticos.
Basta conocer los TLC suscritos hasta ahora (los de Perú y Colombia, para no ir
más lejos, están a la mano) e incluso estudiar los pronunciamientos y documentos
existentes en relación a la negociación de Ecuador para poder pronunciarse al
respecto. Además, no es mucho lo que se negocia: el propio ministro de Comercio
Exterior de Colombia, Jorge Humberto Botero, reconoció, a poco de concluida la
negociación de su país, que lo que realmente se negocia es un 15 por ciento,
que el resto ya viene dado por la fuerza de los convenios anteriores….
En estas condiciones, cuando la campaña de
desinformación y amenazas está a la orden día, cuando la ignorancia y al audacia
predominan, es preciso hacer una síntesis crítica de los puntos más
controvertidos del proceso.[1]
Hay que descubrir las verdades, medias verdades y las falsedades del TLC. En
esa línea se inscribe este documento, escrito para alentar la discusión democrática.
1. “El TLC es más que un
tratado comercial”
Si, efectivamente se trata de tratado comercial. Sin
embargo, lo comercial no agota el tratado. Hay una serie de temas que supera
largamente ese ámbito. Este es un tratado comercial de nuevo tipo, no comparable
con los tratados de integración andina[2],
ni con el TLC suscrito con el Mercado Común del Cono Sur (MERCOSUR)[3].
En definitiva es una propuesta que se asemeja mucho más a una suerte de
constitución económica -impuesta por Washington-, que a un simple acuerdo
comercial.
Hay que conocer que con el TLC se quiere introducir
una serie de reformas y ajustes para instrumentalizar un determinado modelo
económico. Por eso mismo es preciso destacar otros puntos fundamentales del
TLC, sobre los cuales se habla poco y comenta menos. Sin pretender presentar
toda la gama de temas envueltos en las 18 mesas de negociación del TLC, vale la
pena destacar los siguientes aspectos:
·
Tratamiento
preferencial para las inversiones norteamericanas.
·
Reducción
de los márgenes de acción de la política económica.
·
La
posibilidad para que los servicios públicos puedan ser privatizados.
·
Ampliación
de beneficios a las empresas farmacéuticas norteamericanas.
·
Limitación
de la capacidad de gestión de los gobiernos seccionales.
·
Movilidad
del capital y mercancías, sin flexibilización de la política inmigratoria de EEUU.
En síntesis, los derechos de las personas jurídicas y
sus propietarios tienen más jerarquía que los derechos de los seres humanos. El
TLC, como veremos a continuación, se inscribe en la lógica exacerbada del
sistema capitalista, la neoliberal, que encuentra en Washington, en términos
amplios, uno de sus principales centros de expansión transnacional.
2. “Con el TLC se accede al
mercado más grande el mundo”
Es innegable que los EEUU representan en la actualidad
la economía más poderosa del planeta y que tienen el mercado con la mayor
capacidad adquisitiva en el mundo. Frente a lo cual el Ecuador representa una
de las economías más pequeñas de toda América del Sur.
Para el Ecuador los EEUU representan mucho, para los
EEUU el Ecuador, en términos comerciales, representa muy poco. Así, mientras
Ecuador coloca en el mercado norteamericano más del 40% de sus exportaciones,
EEUU coloca en Ecuador apenas el 0,16% de sus exportaciones; en término de
importaciones la relación es inversa: mientras las importaciones desde los EEUU
representan el 23% de nuestras compras en el exterior, las importaciones
norteamericanos de productos ecuatorianos apenas significan un 0,20% de todas
las compras que realiza la gran nación del norte.
Otro punto importante. No es que recién con el TLC se
va a abrir la economía ecuatoriana. No es que con el TLC recién vamos a
ingresar al mercado de los EEUU y que sólo entonces los casi 300 millones de
estadounidenses van a poder comprar los productos ecuatorianos o que sólo
entonces van a venir inversiones norteamericanas. La relación comercial y
financiera entre los dos países es de larga data.
Además, los productos ecuatorianos ya ingresan al
mercado norteamericano. Muchos de ellos sin arancel alguno. Aquí cabe mencionar
al petróleo, banano, café, cacao, entre otros productos que tradicionalmente
vende Ecuador en los EEUU. Eso si, en algunos de estos productos los niveles de
productividad son bajísimos, por ejemplo en el banano el Ecuador tienen niveles
inferiores a los de los países centroamericanos, en el caso del café y el cacao
la productividad es similar a la que se tenía hace un siglo...
Es más, con el Tratado de Preferencias Arancelarias
Andinas y Erradicación de
A más del bajo nivel de competitividad de la economía
ecuatoriana, que representa un real lastre para una relación con los EEUU, hay
que resaltar la inexistencia de un trato equitativo, ni siquiera igualitario.
El más fuerte, los EEUU se asegura una serie de beneficios incluso en las
negociaciones del TLC que aumenta los niveles de asimetría existentes.
Recuérdese que los EEUU impusieron la eliminación de las bandas de fijación de
precios con las que protegían de alguna manera los países andinos a sus
productores agropecuarios, sin que los EEUU eliminen los multimillonarios
subsidios a sus agricultores, que en el campo agrícola representan un valor
anual de 26 mil dólares por agricultor. A esto habría que añadir otros
mecanismos de protección como controles fitosanitarios, normas de origen y la
misma ley anti dumping.[4]
Este país ha aplicado en las últimas décadas una
política comercial que combina el proteccionismo en los sectores en los que ha
perdido competitividad, con la promoción en el resto del mundo del libre
comercio para sus productos, en particular en los sectores en que son competitivos.
La economía más grande del mundo, que tiene el mayor potencial industrial, vía
TLC, se asegura el ingreso de sus productos agrícolas subsidiados en los
mercados latinoamericanos, Ecuador incluido. La producción agraria norteamericana y en
general su aparato productivo no sólo que se benefician de una serie de
subsidios, sino que gozan de un entorno macroeconómico casi insuperable: bajas
tasas de interés, fácil acceso al crédito, asesoría técnica, desarrollo
tecnológico propio, infraestructura de primera: carreteras y caminos vecinales,
silos, puertos, aeropuertos, etc. Por eso no es equivocado decir que Goliat
enfrenta a David, asegurándose de antemano que el pequeño no tenga acceso a la
honda o catapulta…
Los EEUU, con sus subsidios a la agricultura, aseguran
la alimentación de su población como una cuestión de “seguridad nacional”, como
afirmó Jorge Bush II.[5]
Esta posición del mismísimo presidente norteamericano contradice aquellas
visiones miopes o interesadas, que alientan importaciones y exportaciones sin
hacer ninguna reflexión más compleja del tema agrario y menos aún alimentario. No
entienden el significado económico, social y cultural de las economías de
autoconsumo campesinas. Su mundo es el negocio, no la vida…
La asimetría de las negociaciones es inocultable,
tanto como el simplismo de los países andinos que se sentaron en la mesa a
negociar con los EEUU sin tener al menos una propuesta subregional común.
Aplicando la vieja norma imperial de “divide y vencerás” los EEUU están
consiguiendo su cometido: armar el Acuerdo Libre Comercio de las Américas (ALCA),
propuesto en 1994 y que encontró dificultades en su camino de cristalización
multilatereal, en base a acuerdos bilaterales en los que van imponiendo
condiciones incluso no consideradas en
Washington, adicionalmente, cuando le ha convenido y
al margen de cualquier acuerdo suscrito, ha recurrido también al uso de las
restricciones “voluntarias” a las exportaciones; a la acusación de dumping, definido por su gobierno de
manera arbitraria; a la imposición de cuotas; y a una variedad de instrumentos
legales proteccionistas. El uso y abuso de estas leyes implica beneficios para
unos y perjuicios para otros, en función de los intereses estadounidenses. Este
neoproteccionismo, sustentado sobre todo en medidas no arancelarias, en muchos
casos rebasa el efecto de los anteriores aranceles. Y tampoco faltan
salvaguardias arancelarias como las aplicadas en el año 2002 al acero por parte
del régimen de George Bush II.
En esta línea de reflexión no debería sorprender que
en unos años, cuando los EEUU hayan resuelto sus disputas comerciales con las
otras potencias proteccionistas: Europa y Japón, cuando los subsidios para el
arroz, la papa, el maíz, los pollos… ya no les sean más necesarios, comiencen a
subir los precios con el fin de cubrir los costos de producción y hacer
atractivas ganancias en mercados cautivos.
Ecuador tiene a la mano el ejemplo del trigo
norteamericano, que a medidos del siglo pasado entró inicialmente como una
donación hasta conseguir, poco a poco, desplazar a la producción nacional.[6]
Al finalizar los años cincuenta entró en la escena
Con este Convenio de Excedentes Agrícolas, que se fue
renovando en los años subsiguientes, se estableció el canal para que el Ecuador
comprara algodón, tabaco, aceite de semilla de algodón, aceite de soja y, sobre
todo, trigo. Años después, la importación de estos productos ya comenzó a
cobrarse en divisas y a términos comerciales normales, pero el Ecuador, entre
tanto, aumentó su dependencia de la importación de trigo, al tiempo que fue
dejando de lado posibles productos sustitutivos o alternativos, y no desarrolló
su producción triguera, que no resultaba competitiva frente al producto
importado. Si hace 35 años importábamos el 45% del consumo nacional, hoy se
importa el 98% desde los EEUU. Finalmente, a raíz del nuevo empuje
fondomonetarista impulsado desde 1982, en 1988 se suprimió definitivamente el
subsidio al trigo y, por lo tanto, a la harina y sus derivados.
Una situación similar se vive con las ayudas
alimentarias al inicio del tercer milenio, cuando en el Ecuador con el ingreso
de una soja transgénica, que con el argumento de satisfacer necesidades
alimenticias de los sectores más desprotegidos, se debilita aún más a los
pequeños y medianos propietarios del agro, al tiempo que se afecta la seguridad
alimentaria del país.
De lo anterior se desprende que la ventaja de los
consumidores al consumir productos más baratos puede transformarse en la trampa
que terminará por minar la bases de la economía campesina y de la soberanía
alimentaria, aumentando la dependencia del país con los EEUU.
El TLC, para que no quepa la más mínima duda,
sintetiza la pretensión de Washington -expuesta por Colin Powel, cuando era Secretario
de Estado- para “garantizar para las empresas norteamericanas, el control del
territorio que va desde el polo Ártico hasta
3. “Sin el TLC Ecuador se
margina del mercado mundial”
Esta es una de las mentiras más difundidas. Varias
personas, haciendo gala de su ignorancia o de su afición al “terrorismo
económico” pintan un panorama dantesco si no se firma el TLC. Ven graves “amenazas
a la estabilidad económica y social”.
Las grandes cámaras de la producción de Quito, por
ejemplo, afirmaron, en remetidos de página entera en todos los periódicos
grandes, el 22 de septiembre del 2004, que la no firma del TLC “significaría un
terrible golpe para la economía”. Incluso cuantificaron una pérdida - sin
ruborizarse por tamaña mentira- de “3.500 millones de dólares provenientes de
las exportaciones, con los que se pondría en riesgo el empleo directo de 300
mil ecuatorianos, se produciría un decremento del 20% del PIB…”, entre otras
plagas.
Recientemente, Roberto Illingworth, ministro de
Comercio Exterior, quien acusó de aliados de Ben Laden a quienes se oponen al
TLC, aseveró ante la reciente ola de protestas -sin explicar cómo llega a esa
cifra- que se perderían 600 mil puestos de trabajo si no se firma dicho
Tratado. Y, muy suelto de huesos, amenazó al sector agrícola con la peor crisis
de su historia.
La ignorancia no está en juego, definitivamente. Estas
intimidaciones forman parte del instrumental terrorista al que recurren muchos
defensores del TLC, incapaces de demostrar las ventajas que dizque traería el
Tratado.
Para desvirtuar dicha desfachatez, basta señalar que la
no firma del TLC coincidiría con la anunciada terminación del Acuerdo de
Preferencias Arancelarias Andinas y Erradicación de Drogas (APTDEA), que
garantiza una serie de preferencias a varios productos ecuatorianos que
ingresan al mercado de los EEUU. En la actualidad sin TLC, e incluso sin las
ATPDEA, vende una gran cantidad de productos en los EEUU sin pagar aranceles.
Como muestra téngase en mente la venta de petróleo (que representó en el 2005
casi el 64% de las exportaciones globales de Ecuador a los EEUU), banano, café,
cacao, entre muchos otros, entre otros productos que tradicionalmente vende
Ecuador en los EEUU, el principal mercado ecuatoriano. Y, por cierto, la
vigencia de las ATPDEA, desde hace unos 15 años, no abrió la puerta a la
diversificación sostenida y profunda de las exportaciones ecuatorianas.
4. “Sin las preferencias
arancelarias andinas los productos ecuatorianos pierden competitividad”
Esto no deja de cierto, a primera vista. Sin embargo
aquí habría que aclarar el alcance real de las ATPDEA para ver si se trata o no
de un problema insalvable. El beneficio de dichas preferencias para el Ecuador
debe bordear en la actualidad los 30 (treinta) millones de dólares. Ese valor,
a todas luces, no debería ser motivo para una mayor preocupación. En un país
como Ecuador, con un Presupuesto General del Estado de más de 8.500 millones de
dólares ese monto de 30 millones es totalmente marginal.
¿Cómo se llega esa cifra? Tomando cifras de documentos
oficiales, utilizados por
Entonces, si se creería que es conveniente apoyar a dichas
empresas, la salida es muy simple: el establecimiento de un fondo que ayude a
recuperar la competitividad pérdida por esta causa (Se les podría ayudar a
través de subsidios directos o indirectos, buscando aquellas opciones que no
provoquen respuestas contrarias de los EEUU… Por ejemplo se podría dotarles de
adecuada infraestructura de riego, de un servicio de electricidad más barato,
de un apoyo para constituir una empresa de transporte aéreo propia, de líneas
de crédito preferencial en
Incluso si se llegará a producir tan “tremenda”
pérdida de las ATPDEA el país podría empezar una negociación por separado con
los mismos EEUU para conseguir la ampliación de dichas preferencias, otorgadas
por nuestro aporte en la lucha contra el narcotráfico. Poniéndose en un plano
de cochino pragmatismo (para estar a tono con muchos de los negociadores del
TLC, concientes que la dignidad y la soberanía no tienen precio), el Ecuador
tendría justificación para cerrar la base yanqui de Manta, cuya
(inconstitucional) entrega se justificó como aporte ecuatoriano en la lucha
contra el narcotráfico. Y por cierto, aún en este escenario perverso en donde
lo monetario prima, el país no tendría por qué seguir haciendo el juego a
Washington con la expansión bélica del Plan Colombia hacia nuestro territorio,
una complicidad que tiene ya un elevado costo económico con la creciente
movilización de tropas a su frontera norte.
5. “Sin TLC el Ecuador
sería invadido de productos desde los países vecinos”
La conclusión de las negociaciones del TLC por parte
de Colombia agravó el síndrome del aislamiento y del atraso existente en Ecuador.
Cuando Perú anunció que había cerrado dicha negociación a fines del 2005, algo
que fue cierto recién varias semanas después, determinados personajes
aumentaron sus quejas por el temor a quedar rezagados o, peor aún, aislados.
Ahora, en su angustia, desatan una campaña de miedos y mentiras.
Sin el TLC Ecuador no se aísla de la economía mundial.
Es también absolutamente falso, que se margina del mercado norteamericano. Ya
se ha demostrado que hasta la pérdida de las ATPDEA tendría un costo marginal. Tampoco
se sostienen aquellos argumentos que se esgrimen indicando que los países
vecinos con el TLC van a mejorar su competitividad porque podrán importar
insumos o bienes de capital más baratos y que eso no lograríamos sin el TLC. La
verdad es que, si fuera necesario, sin TLC se podría reducir los aranceles de
aquellos insumos y bienes de capital que se considere pertinente, por ejemplo,
para alentar la producción agrícola (además se requiere romper el monopolio de
los importadores de insumos y abonos agrícolas). Lo mismo valdría para permitir
el ingreso de bancos extranjeros o para introducir códigos de conducta
transparentes en el sistema financiero. Incluso, utilizando un ejemplo simplón
pensando en quienes sueñan con comprar autos más baratos, si se quisiera bajar
el monto de los gravámenes a la importación de automóviles para abaratarlos en
el mercado doméstico, favoreciendo a esos consumidores, se lo podría hacer
ahora, sin necesidad de firmar el TLC.
¡La reducción de aranceles es una decisión soberana que
no requiere para nada un TLC!
El contrabando de productos agrícolas estadounidenses
desde los países vecinos también es utilizado para asustar a los incautos: con
el TLC, esos productos, como el arroz y las papas por ejemplo, entrarán de
todas formas en nuestro mercado; mientras que sin el TLC tendríamos la
posibilidad de impedirlo. Tarea difícil, pero no imposible.
6. “El TLC ayudará al país
a introducir las reformas que hacen falta para lograr el desarrollo”
Esta afirmación se utiliza para presentar al TLC como la
llave que abrirá la puerta a una serie de reformas en la sociedad y economía
ecuatorianas. La lista es larga. Por ejemplo se menciona la prohibición del
trabajo infantil o la mejora de las aduanas. Este argumento no sólo que es
falso, sino que resulta peregrino. Sólo mentes acostumbradas a avanzar
blandiendo el látigo, actitud tan propia de oligarquías terratenientes y de
gamonales, pueden recurrir a estos argumentos que terminan por debilitar la
soberanía nacional y la misma democracia. Recuérdese que de forma similar se
procedió cuando se impuso la dolarización... Y no solamente eso, sino que las
reformas que se adoptaron por la dolarización, bajo el supuesto de esa es la
única forma para que el Ecuador se ponga del lado de los “buenos, serios y
pragmáticos”, lo que han provocado más pobreza y desigualdad, paliadas en parte
por las remesas de los y las emigrantes.
Es preciso recordar que el TLC está pensado también
para introducir las reformas neoliberales. Robert B. Zoellick, secretario de
Comercio de los EEUU, quien lideró el equipo negociador de ese país durante más
de la primera mitad de las rondas, reconoció con claridad que “los tratados comerciales pueden ser más
útiles que el FMI para conseguir que los países en desarrollo hagan reformas”. Esta
aseveración permite comprender el alcance del TLC. Más allá de asegurarse
ventajas comerciales y los recursos naturales de los países andinos, el TLC
apunta a la consolidación del neoliberalismo en la región.
Sin perder de vista la complejidad de la política
global desplegada por Estados Unidos y, por cierto, las cambiantes condiciones
vinculadas a la globalización del sistema capitalista, hay que reconocer que
desde hace más de dos décadas se han aplicado políticas de ajuste estructural
en América Latina, con diversos grados de intensidad y coherencia. Esta región,
sobre todo desde los años ochenta, y más aún en los noventa en el siglo XX ha
estado fuertemente condicionada por las profundas reformas económicas aplicadas
en el marco de los programas de ajuste estructural del FMI y del Banco Mundial,
que postularon entre sus metas principales la apertura comercial, la
liberalización financiera y la reforma minimizadora del Estado, incluyendo la
privatización de empresas públicas y la creciente
protección a las inversiones extranjeras.
Como consecuencia de tanta apertura y liberalización,
las influencias externas son cada vez más notorias en la región. Y esta pérdida
de capacidad para accionar y reaccionar frente a los vaivenes en el mercado
mundial, que -vale la pena insistir- se refleja en una inserción pasiva y hasta
ingenua en el mercado mundial, ha abonado el terreno para el TLC. Así, en varios
puntos en el campo del comercio, vía apertura comercial, el espíritu del TLC es
una realidad aún antes de que se suscriba dicho acuerdo. En el campo de la
protección de las inversiones extranjeras, las propuestas del TLC pueden ser ya
apreciadas a plenitud en los tratados recíprocos de protección a las
inversiones extranjeras, que en el caso con los EEUU concluye en el 2007: con
la no firma del TLC se podría concluir en breve con este trato discriminatorio
a los empresarios ecuatorianos en el Ecuador.
7. “El TLC hará crecer la
economía”
En contra de las declaraciones gubernamentales de que
con el TLC crecerá la economía, incluso con estudios oficiales se puede
demostrar que los resultados en este campo son insuficientes.
Sin embargo, como consecuencia de la desgravación
arancelaria para productos provenientes de EEUU, el mismo Banco Central calcula
un costo fiscal de 163 millones de dólares. Esto significa que la reducción de
los aranceles dejará un bache fiscal que habrá que cerrarlo de alguna forma, por
ejemplo a través de un incremento del IVA o la eliminación del subsidio al gas
doméstico o el alza del precio de la gasolina o con una mayor reducción de la
inversión social.
En este punto es bueno destacar algunos aspectos
puntuales:
1.
Medicinas. Los datos que
proporciona el estudio de CORDES -aquel organismo del ex-presidente Oswaldo
Hurtado Larrea, uno de los mayores portaestandartes en Ecuador de la ideología
del Consenso de Washington- sobre el impacto del TLC en las medicinas tampoco
dejan de ser preocupantes. Según este informe, solicitado por el equipo
negociador del TLC, las pretensiones estadounidenses -como sería aceptar
segundos usos para ampliar la patente de las medicinas- eliminarían o
retardarían el aparecimiento de nuevos competidores. Y esta reducción de la
libre competencia -a eso también apunta este acuerdo de “libre” comercio- se
traduciría en un incremento de los precios del 186%, con la consiguiente caída
de la demanda en las medicinas de 77%. Incluso un incremento de un 1% ya sería
motivo suficiente para la disconformidad.
La situación en temas de propiedad intelectual es compleja.
Los EEUU promueven “los intereses de la industria farmacéutica a costa del
acceso a las medicinas en las naciones en vía de desarrollo”, esto lo reconoció
en el Senado norteamericano, el senador Edward Kennedy, el 16 de febrero del
2005. Este senador demócrata reclama a la administración de Jorge Bush II
porque desafía
A esto habría que añadir el impacto no calculado
(realmente imposible de calcular) de los efectos que provocaría otra pretensión
de los EEUU, la que busca patentar plantas, animales y recursos genéticos, con
todas sus consecuencias ambientales, sociales y culturales.
En suma, hay que
considerar los efectos que provocaría la eliminación de restricciones que
impidan a las empresas privadas monopolizar patentes, incluso de aquellas que
afecten los conocimientos comunitarios de los pueblos indígenas. La posibilidad
de patentar la vida -plantas y animales- estaría abierta con el TLC por más que
se introduzcan carta de conducta paralelas, pues se debe tener siempre presente
que los EEUU no han suscritos convenios vitales como el de la biodiversidad o
el de Kioto.
2.
Microempresa. Los efectos del
TLC en la microempresa en el Ecuador tampoco se muestran alentadores. Con
financiamiento de
4.
Agricultura y ganadería.
En el ámbito agropecuario los estudios son demoledores. Un estudio de
Estos organismos de Naciones Unidas demuestran que al
menos el 57% de las personas que viven en las unidades productivas, algo más de
1,66 millones de habitantes del campo, dependen para su subsistencia de
productos amenazados por el TLC. El golpe será mayor para las mujeres, por
cierto. Puesto en términos regionales, las provincias más afectadas serían las
de Imbabura, Bolívar, Azuay, Los Ríos, El Oro y Manabí. Y los más golpeados
serían los productores de maíz suave y duro, papa y arroz, productores
avícolas, así como de fréjol, cebada, soja, carnes, leche en polvo, quesos,
cítricos, etc.; productores que en gran medida tienen pequeñas parcelas de
tierra: Por ejemplo, se han destinado hasta 300 mil hectáreas a la producción
de maíz duro, en unas 82 mil fincas, de las cuales el 70% son fincas de menos
de
El Ecuador, por esas ironías de la vida neoliberal, no
por falta de eficiencia de sus productores, en vista de que el Estado
norteamericano subsidia el 52% del precio de su arroz, pasaría de exportador[7]
de arroz a importador…
El país rico impone condiciones a los países pobres
para proteger su agricultura y asegurarse mercados para sus productos
agrícolas. Hay que considerar que en las negociaciones del TLC, por ejemplo,
los EEUU imponen cuotas a la importación de azúcar proveniente de los países
centroamericanos y andinos[8],
y simultáneamente quieren introducir sus productos agropecuarios subsidiados:
maíz suave y maíz duro, arroz, papas, cuartos traseros de pollo... Con esta intención norteamericana lo que se
anuncia, en definitiva, es la desaparición de gran parte de la actividad
agrícola vinculada a estos productos. Los períodos de gracia y de desgravación
arancelaria previstos apenas postergan dicha desaparición.[9]
Además, como vimos antes, poco más tarde puede reaparecer el beneficio que
obtuvieron los consumidores cuando los EEUU ya no requieran más de los
subsidios a su agricultura.
Este es un asunto de sumo cuidado, pues mientras en
Ecuador, por ejemplo un 27% de la población económicamente activa trabaja en el
agro, en los EEUU este porcentaje no llega al 2%.
5.
Inversión extranjera. Sin
minimizar la significación de los puntos arriba mencionados, por falta de
espacio en este punto nos centramos en el tema de las inversiones extranjeras. En
los TLC suscritos por Washington e incluso en el borrador del ALCA, la gran
matriz para los TLC en marcha, en el capítulo sobre la inversión extranjera
directa, hay una definición amplísima de lo que es inversión, que incluye la
deuda externa, a la que se la ve como inversión extranjera indirecta.
Se sabe que con el TLC las empresas gringas estarían
casi “inmunizadas” contra medidas del Estado nacional. Serían entidades
“extra-territoriales”, en muchos casos ya no estarán sujetas a la jurisdicción
nacional. Y eso se apuntala en tres patas:
1) La mencionada definición de lo que es una
“inversión”, que incorporaría activos, créditos externos, inversiones
bursátiles, títulos financieros y a lo mejor “futuros, opciones y derivados”;
en el borrador del ALCA se define como inversión a “todo tipo de activo y
derecho de cualquier naturaleza” o “todo activo de propiedad o controlado
directa o indirectamente”.
2) La utilización de arbitrajes internacionales, en el
marco del Banco Mundial (CIADI), al margen de los sistemas jurídicos
nacionales, para que los inversionistas extranjeros (sólo ellos) puedan
resolver sus conflictos con el Estado nacional cuando vean afectados sus
intereses por lo que ellos consideren una “expropiación”.
3) Como complemento, hay otra definición también muy
amplia de lo que se entiende por “expropiación”, la que, según una de las
formulaciones del borrador del ALCA, es toda medida que baja las ganancias o
sus expectativas, y que podría ser provocada, para mencionar un par de
ejemplos, por un alza del salario mínimo vital, por una disposición ambiental
que obligue al uso de filtros contra la polución... Todo esto es públicamente
promocionado desde dentro de nuestros países por unos cuantos representantes de
las empresas norteamericanas, empeñados en consolidar la “seguridad jurídica”
para el inversionista extranjero.
También hay claras referencias a las “concesiones,
licencias, autorizaciones, permisos, y a derechos similares conferidos en
seguimiento a la ley doméstica aplicable”. Esto significaría que si un gobierno
revoca una concesión (del agua potable, por ejemplo), por la razón que sea,
podría ser conducido directamente, sin pasar por un proceso judicial previo, a
un arbitraje internacional. Por lo tanto, es preciso que se entienda que el
arbitraje planteado por la compañía Occidental al Estado ecuatoriano para
conseguir la devolución de 75 millones de dólares por concepto del IVA, que
tanto revuelo ha causado, es apenas un pálido reflejo de lo que se viene.
En conclusión:
·
La
sobreprotección a la inversión norteamericana se refleja en la potestad de
demandar a al gobierno fuera de la legislación nacional: el arbitraje. Esta
posibilidad debilita los marcos jurídicos nacionales y pone en desventaja incluso
a los empresarios nacionales. Esto implica una clara perdida de soberanía.
·
El
tratamiento de la deuda externa como inversión extranjera también reduce las
capacidades de acción del Ecuador, que no podría instrumentar procesos de
reestructuración o renegociación de sus deudas sin sufrir las represalias
legales de los EEUU.
·
La
limitación para que el Estado pueda desarrollar políticas industriales
proactivas, al prohibírsele que imponga a los inversionistas extranjeros cuotas
mínimas de exportación, grados o porcentajes mínimos de contenido nacional,
preferencias por bienes producidos o servicios prestados en su territorio,
relacionar el valor o el volumen de las importaciones con el volumen o valor de
exportaciones, reglas de transferencia de tecnologías o conocimientos.
6.
Otros ámbitos. Para completar el
análisis se precisa conocer en detalle el alcance del TLC en otros campos. Como
se dijo al inicio, el TLC no se agota en el ámbito comercial. La apertura
comercial de las economías de la región, sin que los EEUU estén dispuestos a
revisar sus esquemas proteccionistas, los subsidios a la agricultura, por
ejemplo, tiene una serie de implicaciones que habría que complementarlas con lo
que podría suceder si se consideran los siguientes aspectos:
·
La
prohibición de los controles sobre el movimiento de capitales que reduce aún
más la capacidad de acción de los estados frente las empresas transnacionales;
esto se impuso a Chile, por ejemplo.
·
La
posibilidad para que todos los servicios -agua, educación, salud, pensiones,
jubilaciones, vivienda social, seguridad social- puedan ser privatizados, esto
es, puedan pasar a manos de inversionistas norteamericanos, los que no tendrían
ni siquiera la obligación de radicarse en el Ecuador.
·
El
establecimiento de normas que dejen abiertas exclusivamente a mecanismos de
mercado a las compras de gobierno; esto limita la capacidad para que el
gobierno central o los gobiernos seccionales puedan influir positivamente con
medidas que favorezcan a los productores locales. Para mencionar un potencial
caso, si un municipio resuelve realizar una compra directa de enseres para las
escuelas a una empresa comunal de la localidad deberá considerar que límite
impuesto no debe superar los 450 mil dólares.
·
La
pretendida libre movilidad del capital y de las mercancías, sin flexibilizarla
política migratoria restrictiva de Estados Unidos (apenas se otorgaría un cupo
de 3 mil visas para que empresarios ecuatorianos busquen mercados en los EEUU,
cuando los empresarios de ese país entran libremente en Ecuador...). Aquí cabe
desarmar aquellos argumentos de gente ingenua que tratan de comparar la
relación entre Ecuador y los EEUU con lo que sucede entre los estados de dicho
país, por ejemplo entre Alabama y California: dicen que el comercio libre ha
beneficiado a esos estados, pero no dicen que allí si el comercio es libre, que
el flujo del factor trabajo -los seres humanos- también es libre y que el
Estado central garantiza una serie de condiciones de equidad entre esos
estados.
7.
Consumidores. Si se plantea el
TLC desde el lado de los consumidores el asunto merece un abordaje múltiple.
Por un lado si sólo fuera una cuestión de precios, la decisión de reducir los
aranceles está en manos del gobierno y no depende del TLC.
Por otro lado habría que recordar que normalmente los
consumidores son productores, y si se pone en riesgo miles de puestos de
trabajo en el agro, por ejemplo, en una sociedad con cerca de un 60% de
pobreza, las ofrecidas mejores condiciones para el consumo resultan relativas.
Adicionalmente conviene tener en cuenta el impacto que podrían provocar
productos transgénicos incorporados en la dieta alimenticia del Ecuador. Y por
cierto nunca hay que perder de vista los cambios que se pueden introducir en
los EEUU, que podrían darse sin consultar a los países de la región; como ya se
mencionó hay el riesgo de que desaparezcan los subsidios a la agricultura
cuando ecuador ya haya desmontado sus capacidades agrícolas para producir
arroz, maíz, papas, pollos, soja....
8. “El TLC es un asunto
eminentemente técnico y no político”
EEUU busca la unión económica de todo el continente
americano, aspiración formulada ya en
La ampliación de los mercados para sus productos y sus
inversiones es una de las prioridades, no la única. Con esta propuesta EEUU
quiere asegurar su posición hegemónica en el hemisferio en vista del
fortalecimiento y expansión de
Como reconoció públicamente Robert B. Zoellick, el
representante comercial de EEUU, en carta del 18 de noviembre de 2003, dirigida
a J. Dennis Hastert, presidente de
No está por demás destacar esta mentira que se desliza
en la afirmación de Zoellick relativa al fortalecimiento de la integración
andina: el TLC enterrará la integración subregional y alejará aún más a los
países andinos de la integración con sus vecinos latinoamericanos y caribeños.
Justo ahora, cuando hay una gran oportunidad para
profundizar la democracia, voceros oficiales y oficiosos anuncian la
inconveniencia de recurrir a todos los procedimientos democráticos existentes
para dilucidar una cuestión que gravitará profunda y largamente en la vida
nacional: el TLC. Los defensores abiertos o encubiertos del TLC, sin abordar
los temas de fondo, arremeten en contra de una posible consulta popular. Por su
“complejidad y amplitud”, no cabe consulta, dice alguien. “Es inconveniente
desde todo punto de vista elevar este tema, tan importante, a un plebiscito”,
consigna otro. Porque “se trata de un tema muy complejo y poco conocido por la
ciudadanía, no creo que sea factible una consulta popular”, asegura un tercero.
La gran prensa, autodefinida como adalid de la democracia, alienta esta
oposición, pues, como dice un matutino quiteño, “resulta difícil someter a
consulta popular una negociación tan compleja”, ya que, como afirma otro
rotativo, es “absurdo que un tratado de esta naturaleza -de complejos
contenidos técnicos y jurídicos de poco acceso al conocimiento común- se
pretenda llevarlo a una consulta popular”.
Ante las exigencias de Washington, sintetizadas en el
TLC como coronación del proceso de ajuste y reformas neoliberales, se pone
jaque mate a la democracia. Sin embargo, no la sacrificarán, simplemente la obviarán,
una vez más. Y luego las consecuencias del TLC, que incluso obligarán a
reescribir
Un asunto perverso, en tanto el TLC garantiza
seguridad a la acumulación del capital, no así a las personas; valga constatar
que en el TLC no se discute el tema de la masiva emigración de ecuatorianos a
EEUU, pero eso si se ofrece trato nacional a las mercancías y servicios
extranjeros, a las inversiones foráneas; derecho a demandar en el exterior al
Estado ante cualquier decisión que disminuya las ganancias de los
inversionistas extranjeros; apertura y libre circulación a todo tipo de bienes
y servicios; protección total a los derechos de propiedad intelectual;
reducción del papel del Estado al de guardián del capital; todo esto limita aún
más la capacidad de aplicar políticas nacionales de desarrollo.
Por eso mismo que es tan importante, tan complejo, tan
amplio el TLC, se requiere un gran debate, que concluya en una consulta
popular.
9. “El TLC con México e
incluso con Chile ofrecen argumentos favorables al TLC ecuatoriano”
Cualquier negociación con una potencia global como los
EEUU debería partir por comprender todos los riesgos existentes y no sólo
magnificar las posibles oportunidades. Incluso es sabio analizar las
experiencias de otros países con el “libre comercio”. Para eso ya hay
suficiente material para el estudio al cabo de más de una década de TLC en
México y por cierto también sobre la reciente negociación del TLC con Chile o
con los mismos países centroamericanos.
En México no se trata de potencialidades o amenazas
que pueden derivarse de un acuerdo que recién empieza a funcionar. En México ya
han pasado más de 10 años desde la firma del TLCAN en 1994, punto intermedio
culminante en un proceso de prácticas neoliberales con 20 años de vida. El
librecambismo en el país azteca a más de ofrecernos suficiente material para el
análisis, nos recuerda que con el TLC no se da el pitazo inicial para un
“cambio de modelo de desarrollo y estilo de vida”, pues, en realidad, el TLC
busca peremnizar un partido iniciado hace rato en América Latina, cuya apuesta
es la imposición de una constitución económica neoliberal, de alcance
hemisférico. Y este intento, que al parecer avanza en forma fluida por el
sendero de los TLC bilaterales y no tanto por la avenida multilateral del ALCA,
deberá ser enfrentado estudiando experiencias como la mexicana.
A pesar de registrar un incremento de más de tres
veces las exportaciones y un aumento significativo de la inversión extranjera,
los resultados macroeconómicos de México son magros. El ritmo de crecimiento en
estos años de TLC, que se iniciaron en un momento de crisis, no llega ni a la
mitad de lo logrado en los años cepalinos. Y los resultados en el campo de las
condiciones de vida están también a la vista. Con un lenguaje tecnocrático
insuperable, Sandra Polaski (2004), ex funcionaria del Departamento de Estado
de los EEUU, en una publicación de
Por el lado de los salarios el asunto también
decepciona. Polaski confirma que “los salarios reales para la mayoría de los
mexicanos son más bajos hoy que cuando el TLCAN entró en vigor”, lo que provoca
que los salarios mexicanos se distancien de los salarios de EEUU; basta un
dato, los trabajadores de las filiales norteamericanas en México ganan 75%
menos que los empleados en EEUU. Así las cosas, “la desigualdad en materia de
ingresos ha estado en aumento en México desde la entrada en vigor del TLCAN
(...). Comparado con el período anterior al TLCAN, el 10% de los hogares con
más altos ingresos han aumentado su proporción del ingreso nacional, mientras
que el 90% han perdido su participación o no han experimentado ningún cambio”.
A esto se suma la mayor desigualdad regional y la creciente fuga de mexicanos
hacia EEUU buscando el empleo que no ha creado o que lo ha destruido el TLCAN;
si la emigración antes del TLC bordeaba las 200 mil personas al año, en la
actualidad supera las 500 mil...
Desde una perspectiva más actual, en los países
andinos, gobiernos y agrupaciones empresariales desatan una pirotecnia verbal,
que cuenta con el beneplácito de EEUU. Los ejemplos de negociaciones recientes
son presentados a la “sociedad civil” como la comprobación de lo posible: se
puede obtener beneficios negociando bilateralmente con la primera potencia,
dicen. Un país “positivo y propositito”, es la conclusión, puede seguir la
senda de Chile, otra vez modelo del librecambismo luego de las debacles
neoliberales registradas en Argentina y Bolivia.
Más allá de los aplausos de los propios promotores del
TLC, lo que cuenta es que Chile, país con amplia experiencia en relaciones
bilaterales, se tomó casi 10 años (no meses) para negociar y a la postre
"no obtuvo acceso real a los mercados norteamericanos", como reconoció
posteriormente Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía. Lo que sí consolida con
el TLC es el régimen de acumulación primario exportador. Téngase presente que
los éxitos comerciales del Chile neoliberal se destacan por la diversificación
de sus mercados, antes que por la incorporación del progreso técnico a través
de sus exportaciones. El punto es que sus ventas externas tienen un alto
componente de bienes primarios. El 40% son bienes primarios y 50% manufacturas
obtenidas de dichos bienes; las exportaciones con algún grado de tecnología
representan 10%. Con el TLC esta tendencia se ahondará, mientras se pierde la
indicada diversificación con una mayor dependencia del mercado norteamericano.
El fin de las bandas de precios liquidará la
producción agrícola orientada al mercado doméstico, golpeando a agricultores y
campesinos chilenos. Las industrias farmacéuticas saldrán perjudicadas, al
haberse reservado Washington la protección de las patentes por 20 años. Las
pequeñas y medianas empresas -generadoras de casi el 80% del empleo- mal podrán
competir con los productos de las grandes compañías, sean producidos localmente
o que se los importe. La posibilidad para que 87% de productos chilenos
ingresen en los EEUU con arancel 0 no es mayor cosa, si se ve que antes del TLC
estos productos tenían un arancel de menos de un 1%. Por otro lado, en Chile,
para compensar los menores ingresos arancelarios, que ocasiona la reducción de
un promedio del 4% al 2,8%, será preciso subir en un 1% el IVA.
Entre otras limitaciones, que -según Stiglitz,
constituyen “nuevas amenazas a su soberanía”-, el gobierno “socialista” de
Chile aceptó que se apliquen derechos supranacionales y trato económico como a
inversionista nacional a los capitales extranjeros, al tiempo que se
comprometió a no usar restricciones en el mercado de capitales, que fueron
indispensables para que este país austral se proteja de presiones especulativas
internacionales. Sumando tanto costo, queda claro que el pueblo chileno deberá
asumir un enorme peso en inversiones y transformaciones para que funcione un
tratado que no beneficiará a todos.
10.
“El TLC permite la integración del
Ecuador con los EEUU”
Esto es falso. Es preciso diferenciar el TLC de otras
formas de verdadera integración, que no tienen mucho que ver con el acceso a
los mercados. Recuérdese que en algunos escenarios no faltan voces que comparan
el ALCA o los TLC con la propuesta de integración que dio lugar a la Unión
Europea (UE). Si los europeos se unen, por qué no los americanos, se preguntan
algunas personas. Detrás de este planteamiento, aparentemente razonable, hay
claros intereses y también un marcado desconocimiento del tema.
Para empezar, el diseño del TLC, su lógica y los
ritmos planteados para su introducción son dictados por los EEUU. En realidad
no ha habido un intento real para proponer un acercamiento desde una
perspectiva latinoamericana. Inversiones, comercio, propiedad intelectual y un
par de temas más, ya mencionados, agotan la propuesta formal. No se plantean
una integración a partir de esquemas políticos democráticos e institucionales
compartidos. Por ningún lado asoman compromisos jurídicos, sociales o ambientales,
más allá de los ya contemplados en varios tratados internacionales, algunos de
los cuales no han sido ratificados por los EEUU.
Mientras el TLC gira alrededor de la “teología” del
libre mercado, la iniciativa europea, que también apoya la integración
comercial, se ajusta a una dimensión política-institucional y social. Frente a
la práctica asimétrica que se deriva del librecambismo yanqui, en Europa se
incorporan ciertos criterios de equidad; basta recordar los fondos de cohesión
y los fondos regionales para apoyar financiera y técnicamente a los países de
menor desarrollo relativo para que alcancen el nivel de las naciones más ricas
(como sucede con España o Irlanda, por ejemplo), algo que no asoma por lado
alguno en el TLC.
En la UE se construyen espacios para el diálogo
político entre sus países miembros: el Parlamento Europeo, por ejemplo; hay un
esfuerzo sostenido por configurar un marco jurídico común: el Tribunal Europeo
de Justicia, para citar otro ejemplo; y aún el esquema de unificación monetaria,
a partir de una largamente trabajada convergencia de políticas económicas,
transformó a la renuncia de las monedas nacionales en una opción para ganar en
soberanía regional, a través de decisiones democráticas; como muestra adicional
de las diferencias con Europa asoma la constitución de la zona monetaria
europea con el euro que difiere totalmente de la dolarización unilateral de las
economías latinoamericanas (Ecuador, El Salvador), alentada de diversas maneras
por los grupos de poder de Washington, que son los mismos que impulsan el TLC
con el apoyo de un entusiasta coro de intelectuales e ignorantes orgánicos en
los países del Sur.
Mercado común sí, pero con equilibrio social y con
coordinación política, asoman en la estrategia europea; proceso en el que no
están ausentes debilidades y contradicciones. A pesar de eso, hay mucho que
aprender de Europa, sin llegar a la copia simplona de su experiencia
integracionista.
11. “El TLC es un
tratado de libre comercio”
A escala internacional, y salvo algunas excepciones
nacionales, nunca hubo una real libertad económica. Ni siquiera Gran Bretaña,
para recordar a la primera nación capitalista industrializada con vocación
global, practicó la libertad comercial; con su flota impuso en varios rincones
del planeta sus intereses: introdujo a cañonazos el opio a los chinos[10],
a cuenta de la presunta libertad de comercio o bloqueó los mercados de sus
extensas colonias para protegerlos con el fin de mantener el monopolio para
colocar sus textiles, en
Lo cierto es que una vez que los países ricos
obtuvieron sus objetivos a través de estrategias activas e incluso proteccionistas
para insertarse en el mercado mundial, han reclamado de los otros países la
adopción del libre comercio, la desregulación de las economías, la apertura de
los mercados de bienes y de capitales, la adopción de instituciones adecuadas a
la racionalidad empresarial, a su cultura empresarial transnacional, se
entiende. Así, hoy, más allá del discurso dominante, no hay todavía tal libre
mercado. Y si bien las recetas del neoliberalismo realmente existente han
fracasado en términos de generar bienestar a la mayoría de la población, no lo
han hecho en su búsqueda de una nueva división internacional del trabajo
globalizada en función de las demandas del capital transnacional.
Hay que tener presente que en la actualidad, a escala
planetaria, existe todo un marco de regulaciones y prácticas que norman el
comercio internacional, elaborado por y para los países más poderosos. Más allá
del discurso de la libertad de los mercados, el mercado mundial se caracteriza
por ser un espacio administrado. Las declaraciones de los gobiernos de los
países ricos, orientadas a beneficiar a los países empobrecidos del Sur, se
contradicen con la realidad, en la medida en que con sus políticas comerciales
marginan las exportaciones de los países pobres.
Los países latinoamericanos, tal como sucede en el
resto del mundo empobrecido, han liberalizado más rápido sus mercados que los
países industrializados. Se ha cristalizado un discurso perverso: “hagan lo que
yo digo que deben hacer, no hagan lo que yo hago”, parece ser el mensaje
impuesto desde el mundo industrializado. Y como resultado de esta realidad, en
un ambiente propicio para las economías más desarrolladas, las importaciones
provenientes de los países más ricos, organizados en la Organización para
Sin embargo, sería un error creer que el problema se
resuelve sólo por el lado del acceso a los mercados y/o con el ingreso de inversiones
extranjeras; aunque debe quedar claro que, si existiera la voluntad política
del mundo rico, una total liberalización para los productos del mundo empobrecido
no pondría en riesgo la economía global.
12. “No se han presentado
alternativas al TLC”
Esta es una de las mayores falacias. Los defensores
del TLC reclaman alternativas dentro de la lógica dominante. Cuando eso es
exactamente lo que no hay que hacer. No se tarta de hacer bien lo mismo que se
ha hecho hasta ahora. En las condiciones actuales, una respuesta adecuada exige
buscar un régimen social de acumulación diferente al neoliberal, que no tenga
como su eje y meta la inserción sumisa al mercado mundial. Esto conduce a
diseñar una concepción estratégica de participación en el mercado internacional,
como parte del proceso nacional-local de desarrollo, fortaleciendo una real
integración regional.
El problema del desarrollo, entendido en su acepción contemporánea, tiene más que ver con la satisfacción de las necesidades humanas superiores que con la tasa de crecimiento del PIB o con el aumento de las exportaciones y de las inversiones extranjeras, variables que no serían más que un medio para lograr los objetivos auténticamente humanos, esto es superar la pobreza y generar empleo, sin deterioro de la base natural en la que se desenvuelven los procesos productivos.
Para Ecuador, la noción de desarrollo sigue siendo esquiva. Es imperioso repensarlo desde su realidad, fundamentalmente en los aspectos vinculados con el desarrollo humano (educación, salud, atención básica, empleo digno) y productivo. Esta discusión se ha delegado a los organismos internacionales de crédito y a ciertas ONG. Pero debe ser retomada a partir de los agentes involucrados y especialmente por parte del gobierno. El resultado esperado sería una visión multiparadigmática del desarrollo.
Este enfoque exige incorporar consideraciones económicas, así
como también sociales y culturales, sin descuidar jamás las ambientales. Debe
ser una programación que guíe y ofrezca una serie de criterios tanto para el
corto plazo como para los mediano y largo plazos.
Por lo tanto, esta estrategia tendrá que ser
suficientemente flexible para enfrentar las turbulencias del mercado mundial,
las transformaciones que se deriven de la nueva revolución tecnológica, la
complejidad creciente de fenómenos geopolíticos a nivel mundial y aún los
complejos retos internos. En este empeño cabe aprovechar todas las capacidades
disponibles, así como desarrollar ventajas comparativas dinámicas; en especial
si se tiene presente la serie de limitaciones y dificultades que se derivan de
la globalización capitalista que excluye sistemáticamente a la mayoría de la
población mundial y que presenta un creciente antagonismo de los intereses del
Norte y del Sur; antagonismo que se reproduce aún dentro de los países
subdesarrollados. Todo en un ambiente donde afloran, de una manera abierta o
solapada, las intromisiones imperiales y transnacionales.
Se requiere una visión integradora que reconozca los
probables escenarios nacionales e internacionales de conflicto y demandas
reales de seguridad, tanto como posibles espacios para potenciar el desarrollo.
Urge una concepción de desarrollo que considere el momento histórico, la
realidad política, económica y cultural del país, de la subregión y del mundo.
Es cada vez más apremiante una reformulación del proceso de integración
subregional y aún regional en marcha, para ampliar el campo de acción de su
aparato productivo a partir de profundas reformas internas que potencien sus
mercados domésticos y que permitan un accionar más inteligente en el concierto
internacional.
Uno de los mayores escollos de la integración en
América Latina y el Caribe ha sido su conceptualización como un ejercicio
económico, mayormente de tipo mercantil. Esta no solo debe servir para relanzar
una estrategia exportadora de inspiración transnacional o para conseguir un
simple acercamiento a la economía norteamericana en medio de un proceso de
reordenamiento geopolítico complejo, cuyo resultado no está claro. La integración
de cada una de las subregiones, como parte de un esfuerzo de integración
latinoamericanista, tiene que apuntar a objetivos más amplios y profundos en un
esfuerzo concertado por vencer al subdesarrollo y fortalecer la democracia.
Ya es hora de pensar en la posibilidad de una
supresión consensuada de las monedas nacionales para dar paso a la constitución
de una moneda regional y en un acercamiento real de nuestras políticas
económicas, tal como sucede en Europa, como parte de una estrategia de cesión voluntaria
de parte de las soberanías nacionales a cambio de la construcción de una
soberanía monetaria regional más amplia y eficiente. Hay que hacer posible el
establecimiento y la vigencia de esquemas de acumulación y reproducción
nacionales y regionales que se sustenten en una mayor participación ciudadana y
que excluyan los regímenes autoritarios y represivos, que superen los dogmas y
contradicciones neoliberales, para lo cual se tendrá que avanzar en las
transformaciones económicas, sociales y políticas que cada sociedad requiere.
En concreto se proponen los siguientes puntos en una
concepción estratégica de inserción del Ecuador en el mercado mundial:
1. Priorizar como objetivo la unidad y la integración
latinoamericana. Pero no la misma forma de integración impulsada hasta ahora.
Requerimos una integración diferente, autonómica, sustentada en bases
económicas, sociales, políticas y culturales a partir de las diversas
realidades ambientales existentes en la región.
2. Promover mecanismos de negociación que reconozcan
la realidad del desarrollo desigual y las relaciones solidarias entre los
socios en vez de plantear una ficticia igualdad entre los países. Hay que
alentar la constitución de soberanías regionales a partir de los ahora
estrechos márgenes nacionales.
3. En lugar de quitar poder al Estado -como ocurre con
el TLC- se deberá reconstruir y fortalecer el Estado nacional como actor del
desarrollo; simultáneamente habrá que modernizar los mercados como espacio de
construcción social que requieren ser controlados y normados; también se tendrá
que impulsar la participación activa de la “sociedad civil” en el Estado y en
los mercados, como actor y controlador de los mismos.
4. Incentivar acuerdos entre empresas públicas de los
diferentes países para su fortalecimiento mutuo y para viabilizar la
integración.
5. Establecer vínculos con la mayor cantidad de
economías relevantes para el desarrollo ecuatoriano a más de las economías
vecinas, por ejemplo con China, India, Europa (aquí tenemos además la ventaja
de la depreciación del dólar frente al euro) y por cierto hay que comerciar los
mismos EEUU. Hay que buscar una sostenida diversificación de las exportaciones,
no depender de pocos mercados y menos aún de uno sólo. El comercio debe
orientarse y regularse desde la lógica social y ambiental, no exclusivamente
desde la lógica de acumulación del capital; así, por ejemplo, el comercio
exterior no puede poner en risgo la soberanía alimentaria y energética del país.
6. Establecer reglas claras y estables para todos los
inversionistas: extranjeros, nacionales y el Estado mismo. La seguridad
jurídica debe ser para todos, no sólo para el capital extranjero. A partir de
la premisa de que en este país el eje es el ser humano vinculado a la
naturaleza deben respetarse los acuerdos y convenios internacionales
debidamente suscritos.
Por otro lado hay que salir de la trampa planteada por
quienes creen que el problema para lograr el éxito de las políticas
neoliberales es de “gobernabilidad”, entendida ésta como un esquema que
facilite la consolidación del régimen social de acumulación neoliberal,
sostenido en una mayor orientación hacia el mercado mundial -con una apertura y
liberalización a ultranza- y en una menor injerencia de propuestas de
inspiración nacional. Esta visión neoliberal, como se sabe de la experiencia de
las últimas décadas, exige una creciente concentración de la riqueza con miras
a promover el ahorro que financie nuevas inversiones, que ofrezca nuevos
beneficios y garantías al capital externo, que acepte una mayor flexibilización
laboral y un menor peso de la organización sindical y social en general.
Además, provoca el fortalecimiento del gran empresariado privado (nacional y
transnacional) en detrimento de la pequeña y mediana empresa, así como de los espacios
empresariales comunitarios. Todo lo cual desemboca en un acrecentamiento del
poder en manos de pocas personas: el hiperpresidencialismo, viable sobre bases
de creciente autoritarismo y debilitamiento democrático.
La ingenuidad de las actuales estrategias del Banco
Mundial, del BID y del FMI, así como también de Washington con el TLC, radica
precisamente en la creencia de que toda la economía puede, de la noche a la
mañana, incorporarse activamente a la “nueva” división internacional del
trabajo; cuando, en realidad, la globalización en marcha margina
tendencialmente y en forma estructural a la mayoría de la población y a partes
sustantivas del propio aparato productivo. El camino debe ser otro, aceptando
el tránsito por un proceso paulatino, que requiere de un horizonte de
preparación y bases de equidad, incluso para que los mercados “funcionen”. Y
con seguridad no solo habrá que marchar por un camino diferente, sino que la
meta final deberá diferir de los imaginarios (imposibles) del neoliberalismo.
Esta tarea implica un esfuerzo de largo aliento y de
profundas transformaciones, cuyas connotaciones adquirirán una creciente
urgencia en la medida que se profundicen las condiciones críticas desatadas
internacional y nacionalmente, en el campo social, ecológico y hasta económico.
Paulatinamente se perfila la necesidad de revisar el estilo de vida vigente a
nivel de las elites y que sirve de marco orientador (si bien inalcanzable) para
la mayoría de la población; una revisión que tendrá que procesar, sobre bases
de real equidad, la reducción del tiempo de trabajo y su redistribución, así
como la redefinición colectiva de las necesidades en función de satisfactores
ajustados a las disponibilidades de la economía y la naturaleza. Este
planteamiento, apenas esbozado en las líneas anteriores, resulta inviable
dentro de la lógica del “libre comercio”.
De la docena de puntos para la discusión a una
conclusión múltiple
“Las economías en vías de
desarrollo deberían prestar atención no a lo que dice EE UU, sino a lo que hizo
durante los años en los que se erigió en potencia industrial y a lo que hace
hoy en día”
Joseph E. Stiglitz,
Premio Nobel de Economía
La esencia mercantilista y casi exclusivamente
empresarial de la iniciativa de Washington -detrás de la cual asoman con
claridad sus intereses militaristas y sus objetivos políticos imperiales-
atenta incluso contra una verdadera integración hemisférica. Su doble discurso
-apertura para sus productos en los mercados externos y protección frente a los
bienes importados- ahoga cualquier opción equitativa en el campo del comercio.[12]
Las enormes diferencias de tamaño y de poder impiden una negociación
equilibrada, más todavía con gobiernos entreguistas, mediocres, ingenuos y aun
corruptos, que tampoco tiene la suficiente capacidad técnica para absolver los
temas propuestos.
Sin minimizar la importancia económica del comercio
internacional cabe puntualizar algunos elementos para poder comprender de mejor
manera sus alcances y, por cierto, definir estrategias adecuadas para una
inserción dinámica y provechosa en el mercado mundial.
1. Aunque pueda parecer hasta
paradójico, la mayoría de las economías nacionales sigue orientada al mercado
doméstico. Con diferencias entre cada economía, en el mercado interno se
realiza entre 80% y 85% de lo que se produce año a año a nivel mundial, lo que,
en otras palabras, indica que apenas entre un 15% y un 20% de la producción
mundial se exporta. Y en América Latina, así como lo que se desprende de la
experiencia europea, para citar otro elemento, los flujos comerciales externos
se registran en un elevado porcentaje a nivel intrarregional.
Como
complemento de la constatación expuesta a nivel del comercio de bienes, el
grueso de la inversión mundial, alrededor de un 90%, proviene de fuentes
nacionales, con lo cual se demuestra que un país no puede organizar su política
económica preponderantemente en función de las inversiones extranjeras, pues la
formación de capital se produce fundamentalmente a partir de los ahorros
nacionales.
Lo que sí es cierto es que los
flujos financieros, que fluctúan entre 1,2 y 1,7 billones de dólares al día
sólo en lo que tiene que ver con la compra-venta de divisas, superan largamente
el comercio mundial de bienes que al año bordea los 6 billones de dólares. Hay,
entonces, un distanciamiento cada vez mayor entre el mercado comercial y
productivo en relación al mercado cambiario y financiero. El dólar y
crecientemente el euro, en especial, se han transformado en mercancías
comercializables, cuya incidencia es determinante en las economías
subdesarrolladas.
Si se considera que la mayoría del
capital proviene del ahorro interno y que la producción local se realiza
domésticamente, se concluye que el potencial de desarrollo propio o
autodependiente es enorme. Una constatación que puede ampliarse si además se
incorpora el potencial de la integración regional, pues las exportaciones
regionales llevan incorporadas un mayor peso del progreso técnico, lo que les
otorga una mayor capacidad para impulsar el desarrollo. Es más, aún por razones
ecológicas y por cierto humanas, el regionalismo autónomo, no necesariamente
vinculado a las redes y cadenas de valor global de las empresas
transnacionales, se perfila como una opción mucho más adecuada para dar paso a
otras formas de desarrollo local desde donde procesar una nueva forma de
interrelación global.
Es esencial señalar que las
exportaciones son necesarias, pero para nutrir el desarrollo interno, en
especial para ampliar el mercado interno, descentralizar la economía, desarrollar
las ciudades intermedias, generar cadenas productivas. Esto requiere una mayor
relación sur-sur. También exige una especialización en nichos y en productos
con rendimientos crecientes a escala, que ejerza efectos multiplicadores
regionales y locales, sustentados en un Centro de Innovación y Desarrollo Tecnológico
poderoso. Cambio en los patrones exo-dirigidos de consumo, independencia
relativa de los flujos foráneos de capitales, etc. Todo lo que potenciaría la
capacidad adquisitiva interna, el desarrollo industrial propio, cambiaría la
desigual distribución de la riqueza y el ingreso. Solo así se logrará construir
paulatinamente una sociedad democrática, participativa, inclusiva,
concertadora, descentralizada, autónoma, multicultural y plurinacional.
2. Igualmente es importante destacar
que los avances cuantitativos en el comercio exterior de la región no se
reflejan en términos cualitativos. Por ejemplo, el dinamismo exportador no es
tan consistente con el crecimiento del PIB, tal como sucedía antes. Por tanto
no es sostenible la afirmación del Banco Mundial cuando asevera que “la
integración mundial es ya una poderosa fuerza de lucha contra la pobreza” (2001).
Las ganancias de un creciente comercio no van necesariamente hacia los pobres.
“La globalización puede estar revolucionando
el comercio mundial, pero, en el caso de la distribución, existe una arraigada
continuidad en medio de ese cambio” (OXFAM). La concentración de la riqueza es
una constante en el norte y en el sur; a nivel mundial el 10% más pobre apenas
accede a un 1,6% de los ingresos del 10%
más rico (OXFAM). Los países de renta alta generan unas tres cuartas partes de
las exportaciones mundiales; los países subdesarrollados una cuarta parte del
total, a pesar de que allí viven las cuatro quintas partes de habitantes del
planeta. Además, la creciente dependencia de las relaciones internacionales
implica una mayor exposición a los vaivenes externos y por tanto ha aumentado
la vulnerabilidad de la mayoría de la población pobre, normalmente carente de
todo tipo de protección social.
El comercio exterior, entonces, no
simplemente debe resolver temas vinculados a la competitividad empresarial y
asuntos que tengan que ver con la problemática internacional, sino que, sobre
todo, debe buscar sentar las bases para un desarrollo más armónico dentro de
cada país. El comercio exterior debe ser un medio y no un fin en sí mismo, tal
como se deriva ingenua y perversamente de las propuestas de ajuste estructural
inspiradas en la liberalización y desregulación a ultranza de los mercados: el Consenso
de Washington.
3. Por el lado de la calidad y de la
diversificación de los mercados y de los productos, América Latina también
presenta grandes deficiencias. Los productos latinoamericanos, en gran medida
de origen primario, con baja elaboración y muy poco valor agregado, están
sujetos a una volátil demanda internacional y a fluctuaciones de precios que
dificultan el desenvolvimiento económico. Y si la inestabilidad de los precios
de los productos de exportación afecta por el lado de los ingresos, la calidad
de dichos productos, así como las formas de producción de los mismos, han
impedido que las actividades exportadoras se interrelacionen con el resto de la
economía, imposibilitando que los efectos del comercio exterior se reflejen en
el desarrollo de los mercados internos.
En este punto surgen varias
inquietudes sobre si es posible dar saltos tecnológicos que permitan acelerar
los procesos o si será necesario que los países empobrecidos encuentren su
propia vía a través de una mayor integración interna y subregional. Por lo que
se ha visto en las últimas décadas, cada vez más se vinculan entre si los
grupos acomodados del norte y del sur, mientras que los sectores marginados,
cada vez más numerosos, permanecen estructuralmente excluidos.
Será la mano de obra barata un
primer peldaño para incrementar la productividad en la producción de bienes,
esperando que un mayor valor agregado genere los ansiados incrementos
salariales para ampliar los mercados internos, es otra de las grandes
incógnitas.
Recuérdese que muchos de los cambios
tecnológicos actuales se inscriben en los esfuerzos que realizan las naciones
industrializadas para reemplazar el uso de mano de obra por capital, para
provocar la desmaterialización y la desenergización de la producción con miras
a ahorrar o reemplazar materias primas y energía importadas, para conseguir una
mayor utilización de la información y una creciente innovación en todos los
procesos productivos y comerciales. Todo esto en medio de una acelerada
difusión de las nuevas tecnologías en sus aparatos productivos, en donde
endógenamente se produjeron dichos cambios destinados a agilizar una
integración descentralizada de la producción, así como a viabilizar sistemas de
mejora continua y de aprendizaje constante, que conducen a una creciente
flexibilidad y adaptabilidad de los grandes conglomerados transnacionales. Lo
que cuenta, en definitiva, es el permanente desarrollo de tecnologías para
nuevos procesos productivos y ya no simplemente los productos.
4. La influencia determinante de la
economía norteamericana, por un lado, y la ausencia de una adecuada estrategia
de integración regional, por otro, son también elementos que deberán ser
considerados para mejorar la incidencia del comercio exterior. Este es un
asunto de cuidado en la actualidad, cuando los EEUU impulsan la aprobación del
ALCA o de los TLC, a través del cual las posibilidades de desarrollo nacional
de los países latinoamericanos estarían severamente limitadas.
La experiencia regional y la
acumulada en otras regiones, quizás la más reciente digna de ser mencionada sea
la asiática (en donde el libre comercio no fue la característica del éxito),
permiten anticipar la necesidad de desplegar estrategias que consideren las
disponibilidades de recursos físicos y humanos, así como la aplicación de
políticas económicas sustentadas en una creciente autonomía, sin descuidar las
realidades internacionales. Estas estrategias, por cierto, deben buscar el
establecimiento de bases sólidas para la construcción de una competitividad
sistémica, que deberá construir sobre sólidas bases de equidad. Habrá la
capacidad de entender que, en determinadas ocasiones, protecciones y subsidios
no solo benefician al interés privado, sino que son indispensables en una
estrategia de inserción inteligente en el mercado mundial. Este es uno de los
retos más complejos en la actualidad, en la medida que las presiones externas,
derivadas del servicio de la deuda externa, por ejemplo, han derruido los
espacios para el ejercicio soberano de políticas económicas propias, pilares
fundamentales en los logros del sudeste asiático.
En este contexto, a pesar de las
limitaciones descritas, se consolidan posiciones programáticas de diversos
grupos, con poder e influencia en las sociedades latinoamericanas, que tienden
a forzar el proceso de apertura y liberalización para -desde una falsa
apreciación del proceso en marcha- no ser marginados por la globalización. Este
mensaje política- y culturalmente tiene in impacto muy fuerte. Aquí radica uno
de los puntos más críticos de la globalización, pues pensar que ésta va a
beneficiar a todos los habitantes del planeta por igual es una quimera. Basta
tener en mente la evolución y la situación del comercio exterior de América
Latina, uno de los elementos determinantes en este proceso global, pero que no
explica por si sólo toda la riqueza de la evolución de la economía mundial.
5. Como síntesis de lo anterior hay
que tener presente que el TLC no es un acuerdo de “libre comercio”. No sólo que
éste no existe, sino que su manipulación ideológica lo que está permitiendo es
la cristalización de una propuesta proteccionista de los intereses
norteamericanos. El TLC no es un tratado de “libre comercio”, menos aún de
integración. El TLC apunta a la anexión. Frente a esta pretensión eminentemente
política las repuestas tienen que ser necesariamente políticas. Si el TLC es
impuesto por la fuerza su aplicación no estará garantizada, menos aún la
aceptación de las reformas neoliberales que alienta este tratado. La sociedad
ecuatoriana tiene la palabra.
Nota: Este documento ha
sido escrito para alentar la discusión en el país. Ha prescindido, para
facilitar su lectura, de todo el sistema de citas y de la correspondiente lista
bibliográfica misma. Si alguna persona requiere dicha información será muy
grato proporcionarla (alacosta48@yahho.com).
[1] De entrada conviene
tener presente que este proceso de negociación no depende exclusivamente del
gobierno y el Congreso ecuatorianos, sino que en última instancia será el
Congreso de los EEUU el que apruebe o no el TLC. Después que finalicen las
rondas de negociación, el tratado deberá ser redactado en inglés y español
antes de ser conocido en el tribunal Constitucional y de ser aprobado en el
Congreso Nacional. Sólo entonces irá al Congreso de los EEUU, país en el que
habrá una renovación parlamentaria a fin del año, en la que es muy posible que
el partido demócrata obtenga una importante votación, lo que haría peligrar al
TLC…
[2] Bolivia,
Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela.
[3] Argentina, Brasil
Paraguay y Uruguay (Venezuela ha pedido ser aceptado como miembro pleno)
[4] Se entiende como dumping la
venta de mercancías en el extranjero por parte de un proveedor a un precio
netamente inferior al de su propio mercado, con el fin de eliminar la
competencia o asegurar su ingreso en un nuevo mercado. Así, el dumping
es empleado muchas veces sólo hasta crear una posición
monopólica u oligopólica en la comercialización de un producto. Los EEUU que
combaten el dumping en los países empobrecidos, lo practican con
sus productos, por ejemplo el arroz de EEUU cuesta menos en el exterior gracias
a los subsidios que recibe.
[5] El 27 de julio del 2001, el presidente Bush, en
Washington, hablando del futuro de la agricultura y ganadería de su país decía:
“Es importante para nuestra nación cultivar alimentos, alimentar a nuestra
población. ¿Pueden ustedes imaginar un país que no fuera capaz de cultivar
alimentos suficientes para alimentar a su población? Sería una nación expuesta
a presiones internacionales. Sería una nación vulnerable. Y por eso, cuando
hablamos de la agricultura americana, en realidad hablamos de una cuestión de SEGURIDAD NACIONAL.”
[6] A más del trigo hay la experiencia con el algodón. Ecuador producía y exportaba algodón. Se le quitó la protección arancelaria y ahora importa algodón subsidiado desde los EEUU (Este subsidio equivale a la totalidad del monto de producción de algodón en ese país).
[7] Los productores arroceros, sin ningún respaldo sólido del Estado (indispensable en los casos en los que se han desarrollado exportaciones sostenidas incluso en los mismos EEUU), en determinadas épocas del año, arroz a Colombia.
[8] A Colombia, que pretendía una cuota de 100 mil toneladas de azúcar, le
dieron, sin ninguna consideración técnica, un volumen de 50 mil toneladas.
[9] A Colombia le impusieron la aceptación de un contingente de 2 millones
de toneladas de maíz con un período de desgravación de 12 años, 79 mil
toneladas de arroz con un período de desgravación de 19 años y 6 años de gracia,
en cuanto a los trozos de pollo el contingente de importaciones es de 26 mil
toneladas con 18 años para la desgravación arancelaria. El Perú no está mejor
que Colombia, pues, teniendo plazos más o menos similares a los colombianos,
los contingentes son los siguientes: arroz 74 mil toneladas, pollos 12 mil
toneladas, maíz 500 mil toneladas.
[10] No ha cambiado mucho el mundo, en
Ecuador, con la represión contra las movilizaciones campesinas e indígenas,
parece que se trata de imponer el “TLC a balazos”.
[11] Carlos Marx, citado por Xavier Caño
Tamayo, aunque no le gustaba la libertad de comercio, la prefería al
proteccionismo cuando la libertad de comercio era auténtica.
[12] La forma en que se han dado las negociaciones ratifica
esta aseveración. Incluso personas defensoras del TLC lo reconocen: Pablo Lucio
Paredes, en Diario El Universo del 3 de marzo del 2006, habla de un “mensaje de
desprecio” ce los EEUU.